Baudrillard vs Baudrillard. Revista Minerva (CBA, Madrid)

Extraído de Revista Minerva (CBA, Madrid)

El pasado 23 de noviembre Jean Baudrillard (Reims, 1929) recibió la Medalla de Oro del CBA. Baudrillard se dio a conocer en los años sesenta con obras que transgredían las fronteras que separan lingüística, filosófica, economía y sociología. Aunque a menudo sus ensayos hayan sido recibidos como provocaciones hiperbólicas, siempre ha terminado por quedar de manifiesto que Baudrillard posee una capacidad innata para captar los aspectos más relevantes de una contemporaneidad de suyo desmesurada. En particular, nadie como él ha sabido retratar los efectos ontológicos de la hipertrofia de la comunicación, de una semiosis ilimitada que ha propiciado no tanto la ocultación de la realidad cuanto su destrucción. Recogemos algunas de las declaraciones que realizó en distintos encuentros con académicos y periodistas a su paso por Madrid.

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SIMULACROS

Mi manera de pensar no se limita a una problemática determinada, no depende de una ideología ni de una filosofía particular. A mi juicio, lo ideal es, en último término, no tener referencias, esto es, analizar las cosas in vivo. Se trata de una especie de fenomenología paradójica: no aplico ningún método pero, en caso de hacerlo, éste consistiría en llevar los conceptos al límite –en este sentido sí me reconozco un poco situacionista– e incluso más allá. Intento sustraerme del dominio de la banalidad generalizada, de esta generalización del intercambio, de todo este simulacro, para ver qué es lo que todavía permanece irreductible, qué es lo que aún constituye un acontecimiento y, por lo tanto, qué es lo que realmente merece la pena analizar. Evidentemente, ésta es una tarea que no termina nunca, un trabajo que no concluye jamás. En mi opinión, el pensador es como un catalizador de los pensamientos de las distintas personas.

¿QUÉ HACER?

Hay una retórica de la esperanza y una retórica de la desesperanza. Yo trato de atravesar ambas y, a la pregunta acerca de lo que debemos hacer, mi respuesta es: that’s your problem. Es vuestro problema. Porque no pienso cargar con la responsabilidad de todo lo que sucede por el simple hecho de haber analizado una situación. En cualquier caso mi postura es fingida, en términos de simulacro y de provocación, porque no soy pesimista en absoluto. Mi discurso no es pesimista y esta interpretación sólo puede proceder de un gran malentendido. A mi juicio, la suerte no está echada. Es cierto que la lógica de este sistema es irreversible, pero también lo es que ésta desarrolla a la vez una reversión procedente tanto del exterior como de su propio interior. Se produce un antagonismo ubicuo que crece mucho más rápido que el propio poder mundial. Por consiguiente, el sistema podría ser en última instancia derrotado. Al menos estamos viendo en todas partes el surgimiento de una singularidad violenta que es la prueba de que no hay integración. Y esto es, en cierta medida, algo positivo. Porque la integración es lo peor, la muerte. La realidad integral es la muerte. Por ende, allí donde hay desintegración, donde hay ruptura –ruptura de la relación de fuerzas, del encantamiento– y donde surge antagonismo, hay esperanza. Es cierto que éste puede aparecer en formas rechazables, terribles, pero la forma de la integración y del poder global son igualmente terribles: se trata de un terror que responde a otro. En este sentido, mi tarea consiste en describir la situación. Pero no desde la desesperación, en absoluto. A mi juicio, las retóricas de la esperanza y la desesperanza son iguales, ninguna es más válida que la otra. Lo que hace falta es analizar lúcidamente lo que está ocurriendo y dejar de pensar que las posibilidades de darle la vuelta pueden proceder de los viejos valores que ya no tienen energía para subvertir el sistema. Es preciso ubicar la alternativa en estas fuerzas antagonistas, singulares. No hay que equivocarse de estrategia. A partir de esto, ¿qué debemos hacer? En todo caso, para nosotros los occidentales, los países desarrollados, el acontecimiento político procede del exterior. En Francia, por ejemplo, donde las elecciones presidenciales no son más que una farsa, el acontecimiento político procede de los jóvenes de los suburbios. Es evidente que aquí hay un antagonismo, un choque, que es irresoluble políticamente –la derecha y la izquierda se encuentran igualmente indefensas ante este problema–, lo cual demuestra que esta situación es completamente insólita y radical. De suerte que lo que amanezca en el horizonte será algo muy distinto de lo que ha habido hasta ahora, algo no manejable, ni manipulable de forma ideológica. En definitiva, en mi opinión estamos ante una situación más radical, más original y, por lo tanto, mi visión de las cosas no es en absoluto pesimista.

REVUELTA DE LA BANLIEUE

Todo esto también forma parte del espectáculo, de una suerte de estrategia fatal en la que todos participamos. Todos somos cómplices de esta peripecia espectacular. Si se quiere tomar parte en el juego, éstas son sus reglas en la actualidad. Pero quizá sea posible atravesar lo espectacular e ir más allá. A mi juicio, existe una estrecha relación entre estos acontecimientos con los inmigrantes de los suburbios franceses y el «no» francés en el referéndum de la Constitución Europea. ¿Estamos ante verdaderos acontecimientos o sólo se trata de pseudoacontecimientos? En general, en Francia la revuelta se ha interpretado en términos económicos, sociales o políticos. En mi opinión, se trata de un error. Es cierto que la relegación de los inmigrantes también está relacionada con el empleo o, mejor dicho, con la falta de empleo, con los ingresos, con el modo de vida, etc. Todo esto es verdad, pero sólo se trata de un primer nivel. En la actualidad, el reto es mucho mayor, va mucho más allá. Es, sobre todo, simbólico. Si analizamos el «no» en el referéndum, tenemos un primer nivel más o menos político, chovinista, nacionalista. Pero detrás de este «no» aparente y ampliamente determinado por los modelos políticos corrientes está, en un segundo nivel, un «no» básico que supone una reacción de rechazo a participar en el juego del sistema representativo por parte de una mayoría de la población que ha sido excluida del mismo. Ese «no» es una reacción vital debida, en cierta medida, a la exclusión del sistema de socialización. Entre ambos acontecimientos existe una relación que revela una suerte de fuerza más allá de lo político y de lo económico, una vitalidad que se resiste al modelo de representación, de socialización y de integración que se le pretende imponer. Porque, ¿en qué se pretende integrar a estos inmigrantes?, ¿acaso les ofrecemos un buen modelo de integración? En absoluto. Y esto es aplicable a Francia, pero también a otros muchos países europeos: esta integración es un espejismo, una ilusión óptica que rechazan instintivamente aquellos a los que se les propone. No tienen ganas de integrarse, en primer lugar, porque somos incapaces de responder satisfactoriamente a sus necesidades. Estas personas tienen el presentimiento de haber quedado fuera de juego y de que esta situación puede llegar a ser, si no definitiva, sí, al menos, muy duradera. Lo cual explicaría la violencia de la respuesta: se trata de una reacción violenta similar a la del referéndum, en el sentido de que votar «no» era, en el fondo, una especie de sacrilegio.

LA SOCIEDAD DE LA COMUNICACIÓN

Hoy hay comunicación, cómo dudarlo. Pero, precisamente la hipertrofia de este intercambio general está abocando el diálogo a la desaparición. Estamos en una situación paradójica, de sobra conocida, en la que el incremento de comunicación le resta su carga de verdad, de conflictividad, de contradicciones vivas. Todo se ha transferido a una suerte de esfera virtual. Es cierto que todavía hay una relación de fuerzas, pero es muy distinta de la que había en el pasado, mucho más intensa. Antes, incluso en Francia se vivía un vivo enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, que ahora se han convertido en dos variantes de un mismo modelo mal definido, mitad liberal y mitad social. Y ya no cabe decir que la derecha esté verdaderamente a la derecha de la izquierda, ni la izquierda a la izquierda de la derecha. Esta es mi impresión. De suerte que, en efecto, sí hay comunicación pero hay también algo que queda excluido: lo que ya no tenemos, y necesitamos, es un verdadero antagonismo, un enfrentamiento, porque sin él no hay auténtica esfera política. La esfera política hace tiempo que fue sustituida por una escenificación de lo político, por una interpretación en la que todo el mundo desempeña un papel. Tan sólo queda una tensión superficial, no una energía política fundamental. Una vez más, éste es un análisis que no sólo cabe aplicar a Francia, sino a todos los países occidentales.

AMÉRICA VEINTE AÑOS DESPUÉS

Me han pedido que vuelva a escribir América, de cuya publicación se cumplen ahora veinte años. Pero rechacé la invitación porque aunque la América de hace veinte años fuera ya menos notable, menos excepcional que la de hace cincuenta, aún había en ella una suerte de desafío, ahora perdido, en el que residía su atractivo. Lo que resultaba interesante era, a mi juicio, esa forma a la vez desértica y tecnológica que conformaba un modelo audaz. Aunque la cultura no era la misma que la de ahora, se percibía la decisión de llevar hasta el final el modelo tecnológico, el modelo de la simulación. A mis ojos América era el paraíso del simulacro. Era el desierto y Disneylandia al mismo tiempo. El desierto en su sentido radical, el de las zonas rurales pero también el de las ciudades como Nueva York. Disneylandia, a su vez, parecía haberse extendido por toda América llevando al límite la simulación, una suerte de artificialidad, de incultura en el sentido europeo del término. Yo amaba mucho esos Estados Unidos porque me liberaban de toda la cultura europea, me libraban de ella y me permitían entrar en un universo de ciencia ficción, en el país de la banalidad. Cualquier cosa llevada al extremo se vuelve radical y, en este sentido, se trataba de un contramodelo que me gustaba muchísimo. El libro América dio lugar a muchos malentendidos porque se pensó que era una crítica devastadora de Estados Unidos. Cuando no lo era en absoluto. Por el contrario, era una visión, no me atrevería a decir admirativa, pero sí de valoración, de interés, por un país que realmente producía acontecimiento. ¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces? Antes de la fractura que produjo el 11-S se había llegado a una especie de estasis, de estabilización, que cabe apreciar, por ejemplo, en Nueva York. Esta ciudad ya no tiene el aspecto salvaje que la caracterizaba, ha sido domesticada y ha perdido esa locura que había en los escaparates, en las calles, en los barrios periféricos, en Harlem. Todo ha sido limpiado y blanqueado. Lo cual no impide que Nueva York siga siendo tan fantástica como siempre. Y no estoy emitiendo un juicio político, ni aplicando criterios económicos o sociales –que es algo que se me ha reprochado mucho–; lo que me interesaba entonces, y me sigue interesando, era la visión de Estados Unidos. Y se puede estar completamente en contra de la política estadounidense, de su estrategia y, sin embargo, pensar que en ese país tiene lugar una suerte de experiencia casi antropológica y que sigue estando a la cabeza de la cultura occidental. Atención, sólo de la occidental, porque el resto del mundo se ajusta a otros modelos a mi juicio irreductibles al de Estados Unidos. Aunque también es cierto que en la actualidad todo, en cierto modo, ha de medirse con respecto a ese modelo. Pero ese modelo, como ya decíamos hablando de Francia y de otros países, se ha desestabilizado. Estados Unidos sigue siendo una potencia mundial, pero una potencia que ha perdido la confianza en sí misma y que, por consiguiente, se precipita ahora en el todopoderoso poder militar, en la guerra de Irak, como si pusiera en marcha un mecanismo de autodefensa. Se trata de un poder que se encuentra un poco en vías de desaparición. Esta es una idea compleja de exponer, pero es cierto que hoy en día Estados Unidos se encuentra infiltrado, canibalizado por diferentes etnias. En la actualidad, una gran parte de la población de Estados Unidos ya no es estadounidense, lo cual no les impide seguir existiendo como ellos mismos. En última instancia cabría decir, y esto es algo muy interesante, que aun sin un sólo estadounidense, este país no dejaría de ser la potencia mundial que es. Aunque también es cierto que algo ha cambiado. Yo escribí ese libro sumido en una suerte de entusiasmo, de sensación de descubrimiento, atrapado en un influjo, inspirado por un impulso que hizo de él un libro positivo. Y no tenía ganas de escribir después un libro negativo y crítico. Si los estadounidenses tienen un problema con su propia sustancia americana, pues allá ellos. Aunque también es cierto que los demás dependemos de esos problemas y no sólo en el sentido militar y económico sino, sobre todo, en el plano simbólico: Estados Unidos marca el límite de la cultura occidental, su frontera. Quizá exista una nueva frontera, lo desconozco, pero por el momento todos estamos asignados a ésta. Y es muy preocupante observar cómo, precisamente debido a su fragilidad interior, estructural, esta potencia se exacerba en una especie de estrategia fatal, en el peor sentido de la palabra.

EL TERROR

No se debe colocar el terrorismo en el tablero político, porque es una forma transversal que, procedente del exterior, atraviesa todo nuestro espacio público. En efecto, se trata de algo que llega de algún lugar del mundo con el que no compartimos los mismos principios de racionalidad, ni los mismos principios culturales, económicos, etc. Es un acontecimiento total en la medida en que pilla por sorpresa a todos nuestros esquemas de interpretación e incluso a nuestros sistemas de contradicción. Se trata de una forma violenta cuya violencia no está situada históricamente. Los acontecimientos terroristas, tal y como los vivimos ahora, ya no son exactamente históricos: la historia tiene una continuidad e incluso, tal vez, hasta una suerte de finalidad, con muchas peripecias, con muchas fracturas, es cierto, pero con una dimensión reconocible, una dimensión que forma parte de nuestro sistema de valores. En la medida en que el terrorismo rompe con todo esto, elude una interpretación tradicional. Quizá la hipótesis de la existencia de una relación entre la forma terrorista y esa suerte de desestabilización, de desestructuración de la primera potencia mundial a la que me refería anteriormente, pudiera ayudarnos a comprender un poco más: el terrorismo sólo es posible porque en el corazón de la primera potencia mundial hay una fractura, una fragilidad, una situación que es, más que problemática, casi catastrófica. Una catástrofe en filigrana, latente, a la que correspondería, desde el exterior, el terrorismo. Porque el terrorismo sólo es la forma espectacular de la disociación que afecta a la primera potencia mundial, del enfrentamiento de esa potencia consigo misma. El terrorismo es una manifestación violenta que, en cualquier caso, no se resuelve mediante la guerra, ni luchando contra el eje del mal. El terrorismo no es un asunto de derechas o de izquierdas –distinción que, por otra parte, ya fue hace mucho tiempo solventada en Estados Unidos y cuya ficción intentamos mantener a duras penas en Europa– sino un elemento no integrable, desintegrado, que aporta a nuestras sociedades –pues, aunque sea duro decirlo, sí hay una aportación–, sólo superficial y falsamente integradas, un electroshock capaz de crear una situación original. En cualquier caso, es preciso terminar con esa falsa oposición entre derecha e izquierda que ya no es más que una ilusión óptica. Nos hallamos ante una situación completamente nueva a la que sólo podemos hacer frente desde su originalidad, desde su radicalidad, en vez de reconducirla a nuestros viejos conceptos y valores. Es evidente que uno puede estar individualmente convencido de esto o de aquello, estar contra la derecha o contra Le Pen. Y también cabe negar y rechazar el terror como poder antidemocrático. Pero todo esto es insuficiente si pretendemos entenderlo de verdad. No podemos olvidar que estamos ante una nueva situación y que, para afrontarla, tenemos que buscar nuevas perspectivas, nuevas formas de análisis. Tiene que quedar claro, en cualquier caso, que no estoy hablando de la violencia política que puede revestir formas de terrorismo, sino del terrorismo internacional como rechazo violento de esta estructura globalizada.

PODER Y CORRUPCIÓN

El poder político nace de la corrupción: si las cosas fueran claras, transparentes y democráticas, el poder no existiría. En el grado en que la conocemos, la discriminación –hoy extendida a todos los ámbitos y a todos los lugares– sólo puede ser producto de la corrupción. Y no se trata sólo de una cuestión de dinero o de flujos financieros: en la actualidad, los pactos se establecen entre castas políticas y las negociaciones no se ajustan a unas reglas del juego transparentes y democráticas, sino a unas estrategias perfectamente cerradas y exclusivas. Esto es la corrupción. Los grandes negocios comerciales parecen visibilizarla, pero la corrupción que estos sacan a la luz es sólo la corrupción aparente, la secundaria, que oculta la corrupción de la estructura en su conjunto, la básica. En La fábula de las abejas, Mandeville ya hablaba de la corrupción como energía vital que está en el origen de cualquier forma de sociedad y de cualquier forma de poder. No pretendo justificar nada, por supuesto, pero sí sería preciso dejar de soñar con eliminar la corrupción. Siempre existirá. ¿Cabe imaginar un principio de poder que sea transparente, racional? Se puede creer en ello como ideal, como modelo. Pero, en la práctica, lo político, como ya dijera Maquiavelo, es producto de las intrigas, de las corrupciones y de las manipulaciones. Pensemos en el ejemplo contrario: imaginemos el fantasma de una sociedad completamente limpia en la que sólo existiese el bien, en la que el mal hubiera sido erradicado. Sería el infierno. De hecho, es la sociedad hacia la que tendemos, una sociedad completamente controlada que funciona sin verdaderos responsables. La que tal vez sí fuera posible erradicar es la corrupción secundaria, la especulación financiera internacional, por ejemplo. Pero si nuestro sueño consiste en erradicar el mal –como parece soñar Bush–, nos veremos abocados a un estado de cosas todavía más totalitario e insoportable que el actual.

REALIDAD Y REPRESENTACIÓN

Conocemos lo que la pantalla de nuestros televisores nos muestra y el eco mediático, periodístico de la miseria, la muerte o la guerra. Todo lo que percibimos es información reflejada en una pantalla. Pero la pantalla es una barrera. Las imágenes que vemos en ella no nos afectan verdaderamente porque no se trata de una verdadera representación, sino de información. A través de las imágenes no se produce una sensibilización, como algunos creen, sino que, pese a disponer de toda la información del mundo, como nos es imposible hacernos cargo de ella, al final lo único que vemos son imágenes y las tratamos como tales: un elemento superficial sobre el que no tenemos responsabilidad alguna. Los comportamientos se habrían vuelto incluso menos solidarios que antes porque, aunque sepamos todo de todos, los sufrimientos acaban neutralizándose entre sí y la irresponsabilidad sobre los mismos se vuelve total. Participamos de todo lo que ocurre pero sólo de forma abstracta, de manera virtual. Susan Sontag sostiene –y así lo expuso en un debate en torno a esta problemática en el que ambos participamos–, sobre todo en su último libro acerca de la Guerra de Irak, que las fotografías y los reportajes periodísticos son muy necesarios, que ayudan a sensibilizar, a movilizar. No estoy de acuerdo en absoluto. A mi modo de ver, este juicio, aunque cargado de buenas intenciones, es un error. La misma Susan Sontag contaba en otro libro una historia bastante sintomática: en cierta ocasión estuvo viendo con otra gente la retransmisión televisiva de la llegada de los cosmonautas a la Luna. Sus acompañantes comentaban que no se creían mucho aquella historia de naves espaciales y que pensaban que, en el fondo, nada de lo que veían estaba sucediendo de verdad. Cuando ella les preguntó qué era entonces lo que pensaban que estaban viendo, le contestaron: «¿Nosotros? La televisión». Es decir, no estaban observando lo real, sino la pantalla del televisor. Como quien señala la Luna con el dedo y mira el dedo en vez de ver la Luna. Es preciso tener en cuenta todo esto. Entre una realidad que se ha vuelto prácticamente inaccesible y nuestra realidad se ha interpuesto una especie de mediasfera –o como se la quiera denominar–, de suerte que ya no nos ocupamos de la realidad, sino de la información. La deontología de los medios de comunicación dice que la información da cuenta de la realidad, lo cual es completamente falso. Se trata de otra operación, que no es exactamente una manipulación –porque no se trata de algo deliberado–, sino una mutación,una conmutación que es la fuente de todos los poderes: porque esta información, esas pantallas, los medios de comunicación, nos mantienen definitivamente alejados de la realidad. Nos hacen permanecer en el reino de lo virtual, donde somos los reyes todopoderosos y sabemos todo cuanto queramos saber pero, mientras tanto, la realidad se evapora, desaparece por el horizonte de la pantalla. En términos un poco más filosóficos, cabría decir que ya no estamos en el sistema de la representación, en el estadio del espejo. Porque la representación permite una verdadera percepción de las cosas y, así, la emisión de un juicio sobre las mismas y, por ende, la acción. Pero cuando ya no hay representación, cuando el estadio de la pantalla ha sustituido al del espejo, ya no cabe la posibilidad de emitir juicios y, por consiguiente, tampoco puede tener lugar una respuesta frente a lo que nos transmite la información. Por lo tanto, nos volvemos irresponsables. Reconozco que este análisis también es, a su vez, un tanto virtual y que he llevado las cosas al extremo, porque todavía no hemos llegado a ese punto de entropía y aún se puede reaccionar ante lo que ocurre. Lo cierto es que es preciso no engañarse con respecto a la información. Ésta no es una mediación, no es medium de nada, no transmite de verdad. Es algo inmediato, instantáneo y sin consecuencias. Algo que pasa, que se contempla. Es, por supuesto, el espectáculo. Y lo espectacular nos lleva a una suerte de esquizofrenia.

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