Mariví Ibarrola. La ilusión de cambiar el mundo

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Extraído de elestadomental.com

Ahora sólo me recuerdo pegada a una máquina de fotos, como si hubiera ocurrido así desde el principio de mis días, pero ésa no es toda la verdad.

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Los veranos siempre son bonitos y aquellos de la niñez, invencibles. Uno de ellos se me cruzó hace algunas noches en el fotograma de un sueño real. Una secuencia de cine mudo que me hizo tiritar y me arrancó una sonrisa de chiquilla, inocente y poderosa, lo que yo daría por volver a sonreír así. Era una tarde de finales de julio de 1971, yo tenía 15 años y llevaba un vestido granate con lunares blancos. Estaba con mis tíos en una discoteca de Nájera, mi pueblo, y entre todo el alboroto me dijeron que había sido elegida Miss Verano y yo me puse loca de contenta cuando me colocaron la banda de seda y me sacó a bailar un rock and roll el chico más guapo del lugar. La realidad se coló en aquel sueño y sólo deseé no despertar nunca.

Yo quería ser pintora, quería pintar atardeceres y esas cosas, por eso dudé entre estudiar Bellas Artes o Periodismo. Al final, estudié periodismo, y sin darme cuenta me vi disparando fotos entre la marabunta del Madrid de los años ochenta, pero hasta el tercer año de la carrera no me llamó la fotografía. Ocurrió de forma natural: quizá tras un café y un cigarrillo, una mañana cualquiera sentí que hacer fotos me podía servir para ampliar mi visión del mundo, y empecé de cero, sin conocimientos ni medios, pero arropada por una cuadrilla de amigos que puso en mi mano una cámara. Mucha culpa de ello la tuvo Antonio Torregrosa, que era ingeniero aeronáutico, y un colgado de la fotografía conceptual. Ahí empezó todo.

En 1974 llegué a Madrid a estudiar periodismo y entré a vivir en una casa compartida de la calle Isaac Peral, cerca de Moncloa, y mi vida de chica de provincias cambió de color. Era una casa de una señora gallega muy singular, una artista muy ligada al régimen franquista que agonizaba y que pintaba bustos de militares y cosas así muy horrendas y alquilaba sus habitaciones. Por allí estaba Ángela, de Navalmoral de La Mata, que estudiaba Ingeniería de Minas y era la hija de una madame de un prostíbulo, y también había por ahí una peruana muy alta y guapísima. Ahí estábamos las tres, cada una en su habitación, no teníamos derecho a cocina y comíamos en la universidad o bocadillos por la calle. La dueña de la casa era muy seca y de trato frío, muy distante. No nos dejaba usar el teléfono y, si queríamos llamar, teníamos que pedir permiso y hacíamos trampas para pagar lo menos posible. Había que pagar por todo, y el gas, sólo para ducharse. El ambiente era bastante triste pero disfrutaba de libertad por primera vez, estaba en Madrid, salía hasta las tantas de la noche y muchas mañanas iba a la facultad sin dormir; aún recuerdo entre tinieblas aquellas clases de Semiótica a las nueve de la mañana con el maestro Jorge Lozano.

Ángela era una chica muy especial. Tenía un novio que se llamaba Vicente y ya había abortado dos veces, y yo, a mis diecisiete años, estaba un poco pasmada. Eran mis primeros pasos en Madrid y nos hicimos de un club de clac para aplaudir en los teatros. Me animé a estudiar interpretación y mi primer papel fue el de Andrómeda, aunque no se me daba nada bien. En fin, mucho Hermann Hesse,Siddhartha y El lobo estepario, muchas salidas de noche, de sol y sombra, estaba todo abierto, la ciudad no cerraba a ninguna hora, no había fin, y con 50 pesetas nos apañábamos bien. Y es cuando contacté con esa cuadrilla de aficionados a la fotografía. En cuanto tuve una cámara en mis manos vi clarísimo que eso me interesaba. Escribí a mi madre a San Sebastián y le conté que estaba aprendiendo fotografía con esa gente. Tenía claro hacia dónde quería caminar.

Revelaba casi sin medios, con muchos negros y blancos y mucho grano, de ahí me viene todo. Lo hacíamos en cualquier cuarto de baño, siempre había un cuarto oscuro, menos en la facultad, que no había nada. Esas primeras fotos eran heroicas, revelaba a tientas y a ciegas, con poco control de la luz y la temperatura, era un milagro que saliera algo digno de verse. Fotografiaba paisajes, árboles, objetos de todo tipo, pero no me gustaba hacer fotos a la gente, me tiraba más el rollo conceptual. La gente no me interesaba nada.

2

Al siguiente año me cambié a una casa de la calle Gaztambide, en 1978 o así, enfrente de los bajos de Aurrerá. Vivía con dos polacas de Varsovia que eran interesantísimas, Tamara y Yazviga. Tamara se casó después con un hombre mayor que militaba en el PCE y Yazviga era la única que tenía un trabajo en una multinacional americana. Tenía vestidos vaqueros y un montón de discos de todos los estilos, desde Aute a David Bowie, Miles Davis, Roy Orbison…, fueron los primeros discos que yo escuché. Tenía de todo la tía, y cuando se iba a trabajar nos probábamos los vestidos vaqueros que dejaba en su armario y yo me iba tan contenta vestida así a la facultad sin que ella se enterara. Y al volver, hala, lo dejaba en su sitio y otra vez al rollo gris.

Luego nos fuimos a vivir a Lavapiés Antonio, el aeronáutico, Luis y yo, y otra chica, novia de Luis. Yo me lié con Antonio y me enseñó muchas cosas, la verdad es que me deslumbraba y aprendí fotografía a su lado. Tenía una especie de laboratorio en esa casa y ahí me pasaba las horas muertas. Recuerdo fotografiar todo mi barrio y una corrala que tenía más de cien antenas, hacía fotos de edificios, portales, no sé, yo quería cambiar el mundo con 19 años. Tengo una foto de la UNED, en la actual plaza de Agustín Lara, con la cúpula destrozada por una bomba de la Guerra Civil, y hacía fotomontajes para variar esa realidad, le ponía arena a las ciudades en lugar de nubarrones negros, estaba todo el día cambiando cosas. Quería cambiarlo todo, pero no sé qué buscaba en concreto, me atraía mucho la ciencia ficción como un lenguaje de rebeldía, de crítica social. Hice varios montajes sobre el horrible “scalextric” de Atocha, o con la Fábrica de Tabacalera de Embajadores, que durante muchos años echaba un tremendo humazo pestilente que te asfixiaba. Era divertido porque estaba experimentando, en fotografía hay que experimentar, educar la mirada antes de lanzarte a retratar rostros y personas. Yo estaba obsesionada por el encuadre, siempre ha sido igual, las fotos pueden salir mejor o peor, pero las mías siempre han estado bien encuadradas.

Antes de acabar la carrera, en 1979, me fui tres meses a Londres y estuve trabajando en un hotel. Hacía las camas, pero me trataron fatal. Nos pagaban mal y nos daban de comer peor, era una explotación miserable. Entraba a las seis de la mañana y salía a las cuatro de la tarde, ya de noche. Vivía en un sótano de un barrio algo apartado del centro junto a un indio y su mujer. ¡Qué sitio ese Londres de finales de los 70! Mucho color y ruido en las calles, pero mucho mal rollo también. Estaba lleno de punkies, y les pedías un cigarro y te lo negaban con unas caras de perros furiosos que asustaban. Y de conciertos y esas cosas modernas, nada. Yo estaba en otra historia teniendo en cuenta que la movida new wave y todo eso estaba en pleno auge. Londres no me acogió. La verdad es que veníamos de España y aún éramos tercermundistas, bastante paletos, y no nos enterábamos de nada. Así que dejé eso y me fui con mi novio Antonio y otro chico de Bilbao a Escocia, a Inverness, a conocer al monstruo del lago, a vivir otras historias. Recorrimos Escocia durante dos meses en plan Ruta 66, de destilería de whisky en destilería, y haciendo fotos de valles, lagos y cementerios. Y al volver a Madrid, terminé los exámenes finales de Periodismo y dejé la capital, abandoné todo y regresé a San Sebastián.

En Donosti me puse a trabajar en el bar Tanit, que era el primer bar de la ciudad en el que se pinchaba música de vinilos, yo ponía música de rock and roll, blues, soul, y la cosa funcionó muy bien y con el dinero que gané me compré una cámara Nikkormat de segunda mano, tres objetivos y una ampliadora, y me hice con un cuarto oscuro y empecé a trabajar. San Sebastián tenía lo suyo en esa época, estaba todo el mundo mezclado, la Guardia Civil, músicos, periodistas, contrabandistas de armas, traficantes de drogas, todos juntos, un curioso desmadre. Y todo esto unido a esos años de plomo, del rollo de ETA y demás. Al salir de la universidad yo me enfrenté a un mundo que desconocía y empecé a documentar el asunto, cambié lo conceptual por el fotoperiodismo, me fijé en todos los personajes que me llamaban la atención, fotografiaba manifestaciones, pintadas en las paredes, atentados…, y es cuando arrancó mi relación con el mundo contracultural y underground, que no tenía ninguna cabida en los periódicos ni en el resto de los medios. Conocí a Poch y a Alejo Alberdi, del grupo Derribos Arias, a Javier Gurruchaga, a J. M. El Magnífico y a todo tipo de gente del mundo del arte. Un planeta extraordinario pero raro también, porque entre todos ellos flotaba un ambiente raro, se miraban de cerca, compartían espacios, pero la verdad es que casi todos se odiaban. Ya disparaba con mi cámara y, entre todo ese revuelo, me salió un trabajo en la revista Lique, en Madrid, una publicación juvenil, para hacer fotos y escribir textos. Y volví a Madrid.

3

Recuperé mi casa de Lavapiés y, al poco tiempo, llegaron Poch, Alejo y Ángel Altolaguirre, y estuvieron viviendo conmigo unos tres meses. Fue divertido y todos se portaron muy bien. Ellos vivían de noche y yo no porque tenía que trabajar en la revista, que, por cierto, duró cuatro números. Saqué en portada a Vicente El Mariskal Romero, y al Pirata, dos rockeros de bandera que hacían unos programas de radio que eran la bomba; nadie tuvo los ovarios de sacar a esos tipos en portada en una revista así para jóvenes. El Mariskal siempre me lo ha recordado: ¡tú fuiste la primeraaaaa! Y también saqué en portada a los Ramones, ¡buah!, aquel primer concierto que dieron en Madrid en la plaza de toros de Vista Alegre en septiembre de 1980, se lió una buena con la policía, alboroto, golpes, todos por los suelos y cegados por los botes de humo. Y la primera foto de Poch que sale con el casco la tomé yo en un concierto en la Escuela de Caminos, y a Derribos les hice la foto de la contraportada del primer disco que editaron, Branquias bajo el agua; en fin, que ya me metí de lleno en ese berenjenal de la noche del Madrid de los ochenta. Iba a muchos conciertos sin pagar; bueno, el único que tuve que pagar fue uno de Nacha Pop en Rock-Ola, nunca me olvidaré. Me crucé con gente de gran valor; uno de ellos, Kike Turmix, fui su fan numero one, siempre tan enérgico, excesivo y entusiasta; Manolo UVI, del que tengo unas fotos maravillosas… Eran la hostia estos tíos porque se entregaban a tope a la hora de retratarles. Eran auténticos.

A Rock-Ola, que estaba en la otra punta de Madrid, tenía que ir en metro desde Lavapiés, era un viaje de una hora casi. Y, claro, el metro cerraba a la una de la madrugada, y si se me hacía tarde había un problema porque tenía que volver en taxi o en el coche de alguien. Siempre procuraba que me quedaran 300 pesetas en el bolso por si acaso. Al menos, me invitaban a las copas, bebía bastante whisky Dyc, aunque hasta el Dyc era de garrafón. El caso es que yo mantenía mi línea profesional, me interesaba hacer fotos para publicarlas y vivir de algo, aunque no me integraba demasiado en ese mundo de vértigo, con poco freno y mucho alcohol y drogas, porque al hacer fotos tenía que controlar, o eso pensaba yo. Las fotografías me salvaron de muchas historias malas. Revelaba el negativo por la noche y luego lo tenía que dejar secando varias horas. La gente seguía por ahí de parranda y yo en el puto cuarto oscuro.

No había mucha gente haciendo este tipo de fotografías, estábamos tres o cuatro, Domingo J. Casas entre ellos. La música me ha dado mucho y llenó el vacío existencial que yo tenía. Pero siempre intenté controlarme, porque disparabas, pero también te podías disparar a ti misma y las consecuencias que acarreaba eso podían ser fatales; fueron fatales para muchos que estuvieron a mi lado. Yo llevaba una cámara, un objeto pesado, siempre iba atada a mí, me pasaba por Rock-Ola, El Sol, la sala Astoria o cualquier club de Madrid y tenía que volver a casa, lo que significaba que no se me podía ir la cabeza porque tenía que tener dinero para la vuelta, y tenía que trabajar, lo necesitaba, y tenía que estar viva. Es verdad que te dejabas llevar por la corriente, pero sólo en teoría, y ahora lo agradezco. Lo más grande era que, igual que ocurría en San Sebastián, en Madrid estaba todo el mundo apiñado, todos revueltos, no había diferencia de estilos, ni de clases, punkies, rockers, mods, gays, toreros, todos juntos. Pero nunca conseguí lo que yo quería, que era la foto más grande publicada, la portada de un disco, no sé, poder vivir de mi oficio, porque nadie te hacía ni puto caso.

Estaba construyendo un documento histórico de Madrid, pero tampoco era muy consciente de ello en ese momento. Desfilaron por mi vida personajes memorables como Santiago Auserón, su hermano Luis, los Radio Futura, a quienes adoré siempre y me sentí muy cerca de ellos. Con Joe Strummer también tuve un par de episodios fantásticos, o con Andy Warhol, cuando vino a Madrid, y en esa multitudinaria rueda de prensa el tío tuvo un detalle conmigo, se fijó en mí y, como buen americano que era, sabía entregarse a sus fans, el tipo me impresionó. Dentro de mi mundo emocional inocente, en una ocasión me colé en una cama redonda en la que había un par de chicas y varios tíos, pero yo sólo estaba de espectadora y tiré un montón de fotografías y todo transcurrió en un ambiente de normalidad, todos eran muy accesibles, ahora sería imposible hacer eso. Para tomar una imagen a alguien tienes que ser un poco como ellos, no dar el cante, y sentir lo que haces. Y después de un rato largo, en silencio, tal como llegué me marché, y ahí les dejé. Fueron episodios invencibles que plasmé para siempre en un libro que publiqué hace unos años llamado: Yo disparé en los 80. Blanco y negro y revelado. El carrete fuera de la cámara, a oscuras, como si tuvieras los ojos cerrados, ¡qué cosas!, los ojos muy abiertos, claros, agudos, curiosos para tomar la imagen y, a la hora de revelar, de descubrir ese trabajo previo, estabas totalmente a oscuras. Ese proceso lo echo de menos.

4

Y esa gran pasión, hacías lo que querías hacer sin recibir órdenes de nadie, y tenías veinticinco años, por eso me gustaría que la gente joven de ahora me contara también lo que están viviendo, porque no me lo cuenta nadie. Creo que la gente tiene muchos prejuicios y yo no los tenía, o luchaba por sacudírmelos, quizá por eso éramos más felices. Una cámara era un salvoconducto, en este momento no es así, alguien ve una cámara y sale corriendo, a excepción de los malditos fotocalls, una marca detrás de un personaje.

Todo un delirio que expiró, en mi caso, en 1984 a causa de una enfermedad, una hepatitis que me atacó debido a los estragos de la noche. Y yo no me exponía tanto, pero es que había mucha mierda por ahí, y los brebajes que daban en Rock-Ola eran matadores. Fue una hepatitis vírica, menos grave, la pillaría bebiendo en un vaso raro, o por un raro beso, no sé. El abandono llegó en la fiesta de Albania, que era una tienda de Luis Paniego y vendía camisetas y cosas modernas, en los bajos de Aurrerá. Tocaron Marta Guerrero, Seres Vacíos, Javier Benavente… Hay unas fotos preciosas de esa noche. Después de esa fiesta fui a San Sebastián a ver a mi madre y caí rendida, estuve tres meses metida en la cama y después sufrí más de un año de recuperación a base de verduras y nada de alcohol. Pero me salvé. Al poco tiempo me junté con un gallego, el Acha, para hacer un documental sobre la cultura del alcohol. Él lo rodaba en película de 16 mm y yo hacía las fotografías. Gente de los bares, el postureo, formas de beber. Íbamos a los viñedos y rodamos un trabajo fantástico sobre el proceso de elaboración del txakolí. Después el tipo desapareció para siempre, nunca le volví a ver, y el documental montado, tampoco. Sólo me quedan las fotos, guardadas en algún cajón.

Mi vida ya cambió del todo cuando me quedé embarazada, a finales de 1989. Yo quería tener un hijo y se lo decía a los chicos con los que me enrollaba, les decía que si ellos no querían me iría con otro y así hice hasta que encontré al chico con el que me casé. Tuve a Adrián, mi primer hijo, y a los dos años di a luz a otro, Álvaro. Seguía haciendo fotos, pero ya con otro ritmo de vida. Años después me separé de mi marido, pero eso es otra historia.

Ahora tengo la emoción de hacer otro libro con un montón de material que aún conservo y que merece ser rescatado. Lo importante de una foto es el testimonio que deja, por eso hay que clasificarla, saber dónde está y qué trabajo se ha hecho, ahora la gente tira cientos de fotos con el móvil y esas fotos se quedan en un aire vacío, se pierden para siempre, es un entretenimiento inútil. Es más, esos documentos pasan a ser propiedad de esos servidores virtuales que harán un uso perverso de nuestras vidas. No se ha alejado de mí la idea de cambiar el mundo, pero ya han pasado muchos años y me he convertido en otra persona, muy distinta de aquella jovenzuela inocente. Sigo deseando cambiar el mundo con mi oficio de fotógrafa y con mi actitud personal. Puedo estar tumbada en la playa junto a una papelera, pero a esa papelera puedo convertirla en una lámpara y ya empieza el mundo a cambiar. Por ejemplo.

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Mariví Ibarrola nació en Nájera (La Rioja) en 1956 y se crió en San Sebastián. Vive en el barrio de Lavapiés, en Madrid, y con su cámara Nikkormat ha retratado una etapa fundamental de la cultura musical y artística de España, la de los años ochenta. Publicó en diversos medios de la época como Diario 16, Diario Vasco, Ruta 66, Madrid Me Mata, Interviú… Su archivo fotográfico narra la vida de toda una generación y los ambientes que marcaron el pulso del último tercio del pasado siglo. Su libro Yo disparé en los 80 es un ejemplo de ello, por el que desfilan históricos como Olvido Alaska, Los Secretos, Radio Futura, Manolo UVI, Gabinete Caligari, Poch y Derribos Arias, o Kortatu y Eskorbuto. Desde el año 2006 es profesora asociada del Departamento de Comunicación y Periodismo de la Universidad Carlos III, de Madrid.

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