“Nota sobre los usos y los abusos del concepto ‘lengua’ “, Rayco González

Frente a la proliferación de proyectos que pretenden diseñar a conciencia la lengua con el fin de cambiar actitudes machistas de las que sería motor y una de las causas, se hace necesario recordar algunas de las enseñanzas que la lingüística y la semiótica han aportado. Nuestro compañero Rayco González reflexiona en torno a cuestiones que están en el centro de las discusiones actuales.

 

Cubierta del primer diccionario de la Académie Française (1694).

Cubierta del primer diccionario de la Académie Française (1694).

Nota sobre los usos y los abusos del concepto ‘lengua’

Un interesante libro del lingüista Claude Hagège comienza así: “la historia que voy a contar está llena de ruidos y de furia”. La historia es, en realidad, una historia lingüística del francés cuyo título es suficientemente ilustrativo: El francés, historia de un combate (1996). Desde un punto de vista semiótico y culturológico, las lenguas son espacios de la semiosis, es decir, espacios donde se produce, se intercambia y se negocia el sentido, incluso, donde se combate por él. Yuri Lotman —y también, a su modo, Roman Jakobson— nos ha enseñado que para el correcto uso del concepto “lengua” se debe poseer una doble mirada: una mirada que nos permitiese observarla como un espacio heteróclito y políglota —siguiendo la visión dialógica que Mijail Bajtin observara en la cultura—, donde el conflicto y la cooperación se suceden en una constante formalización y manifestación de los sentidos, siempre múltiples, que toda cultura alberga; y una mirada diacrónica, donde vemos sucederse episodios y etapas históricos de dominancia y de alternancia, de reacción y de respuesta, lo cual nos permite afirmar que la lengua es el código más la historia —o, dicho de otro modo, junto a la mirada sincrónica del código, debemos también poseer una mirada sobre sus desarrollos históricos para completar nuestra propia comprensión de las lenguas.

Este es, sin duda, el valor fundamental del trabajo de Hagège, que describe, en un constante movimiento en acordeón, la estructura de determinados estados de la lengua francesa —la sincronía— y las transformaciones que la modifican gradual o abruptamente —la diacronía—. En esta historia, que podría ser la de cualquier lengua natural, se verifica complejas luchas y rivalidades políticas, reivindicaciones y rebeliones sociales, normativizaciones e institucionalizaciones por parte de algunas formas de poder, etc. La conclusión de esta visión histórica es que en cada momento la lengua se entiende como un sistema virtual de formas, en consonancia con los postulados del estructuralismo de corte saussureano, que es actualizado bajo formas distintas, desde usos cotidianos de comunidades de hablantes, pasando por la convivencia con dialectos u otras lenguas europeas como el inglés, hasta proyectos lingüísticos conscientemente diseñados en aras de un deseado perfeccionamiento de la lengua. En tales proyectos, la lengua adquiere la posición de actor y puede ser vista narrativamente como un oponente, como un adyuvante, como un objeto de valor o, incluso, como un sujeto, que cumple, por lo general, el rol que se considere necesario en función de reclamaciones políticas o sociales.

Hagège pone ejemplos reveladores, algunos de los cuales paso a enumerar rápidamente. El grupo de La Pléiade (siglo XVI), encabezado por Joachim Du Bellay, trazó un colosal proyecto de creación de una lengua francesa que pasaba por rechazar lo “medieval” y por construir reglas poéticas siguiendo el modelo latino. La respuesta no se hizo esperar, y fue, por lo demás, completamente contraria: el poeta François de Malherbe, “maître de la langue”, diseñó un nuevo proyecto cuyos medios principales eran el rechazo del latín y la eliminación de la fantasía y del simbolismo, con el propósito de crear una verdadera lengua racionalista y geométrica, en definitiva, una “lengua pura”. Malherbe traduce en proyecto lingüístico varios de los principales principios de la filosofía de Blaise Pascal: “La razón debe triunfar, por tanto, sobre las pasiones y la lengua debe contener y reglamentar las pulsiones” (p. 62). Siguiendo este vaivén de corrientes y contracorrientes, el fundador de la Académie Française en 1672, Claude Vaugelas trató de imponer poco después un francés que fuera el fiel reflejo de los usos lingüísticos de la corte, despreciando el francés vulgar como mal uso y, por tanto, excluyéndolo de su proyecto. Hagège pone un ejemplo tomado de Vaugelas, quien afirmaba que entre naviguer, término usado por “las gentes de mar”, y naviger, término usado entre los cortesanos, se debía elegir este último. Sin embargo, el francés contemporáneo dice naviguer, a lo cual el autor escribe como corolario: “Esto prueba que la lengua tiene su propio dinamismo, cualesquiera que sean las constricciones o restricciones dentro de las que una política gramatical la pretenda encerrar” (p. 64).

No se debe olvidar que las lenguas son convenciones cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. Mientras de otras instituciones sabemos establecer muy a menudo su aparición y las motivaciones a menudo explícitas que movieron a su nacimiento, no sabemos localizar, por contra, en la historia de ninguna lengua natural los momentos que las alumbraron y, sobre todo, si alguna enseñanza podemos sacar de nuestra propia experiencia durante el aprendizaje de las lenguas, es que difícilmente se podrá aceptar la presencia inicial de algún maléfico demiurgo original que las diseñara para limitarnos a ser de derechas o de izquierdas, machistas o feministas, racistas o filántropos, etc. Sin embargo, algunos de los proyectos políticos y sociales de nuestro tiempo —más allá de que sus objetivos sean más o menos justos, cuestión que entraría dentro de valoraciones ideológicas— cargan sus tintas contra las lenguas, cargándolas de sentidos políticos y ontologizantes, y nunca utilizando criterios puramente lingüísticos y semióticos. Y, precisamente, vale recordar que la vocación científica tanto de la lingüística como de la semiótica debe permitirles mantener la distancia requerida respecto a proyectos lingüísticos restrictivos o normativos, los cuales solo pueden ser objeto de análisis, es decir, un fenómeno lingüístico más dentro de una enorme multitud de otros fenómenos.

Cuando los participantes en estos proyectos enuncian frases como “la lengua es sexista” o “la lengua es conservadora”, se olvidan de que la cópula /es/ manifiesta una actitud ontológica inapropiada, cuestión que fue salvada merced al trabajo de los lingüistas que operan siempre a partir de la compilación de usos particulares de comunidades lingüísticas para lograr una parcial cartografía de un sistema al que llamamos lengua, pero que nunca es manifestado en su completitud. Durante las polémicas entre el estructuralismo metodológico y el estructuralismo ontológico se llegó a la conclusión más o menos unánime de que el método estructural organiza los procesos de significación y de comunicación, pero no “extrae” de los discursos una supuesta lengua, una especie de “código puro” del que emanan todos los usos. Esta visión contradice las enseñanzas básicas de la semiótica. Por ejemplo, frente al carácter jerárquico de los códigos, Umberto Eco desarrolló una perspectiva “horizontal” con el concepto reticular y rizomático de enciclopedia, uno de cuyos principios —deleuzianos— era precisamente el de las fugas del sentido que hacen que cualquier elemento de su red puede ser conectado con cualquier otro en cualquier momento histórico. La lengua no es un sistema ontológico que impone y limita, sino un campo de combate en constante deriva.

Pero, aún así, las proyecciones políticas sobre la lengua han querido ver, por ejemplo, en los géneros gramaticales supuestas imposiciones de carácter machista, haciendo con ello emerger también sus contrarios políticos, en esta normal lógica del combate lingüístico que intento trazar aquí. Y con esta sobrecarga de significados políticos ejercida sobre la lengua, muchos de los postulados que la ciencia lingüística —y la semiótica por ende— ha logrado tras siglos de investigación se convierten en residuos molestos para los propósitos restrictivos que cuestiono en esta nota. El primero de estos postulados es la necesaria distinción entre género gramatical y género natural —cuestión que fue tratada en este blog en una entrada anterior. Las formas posibles de los géneros gramaticales en las lenguas abarcan desde su inexistencia —son más numerosas las lenguas que no poseen oposiciones de género gramatical que las que las poseen— hasta oposiciones que distinguen masculino, femenino, comestibles diferentes de la carne y neutros —dyirbal de Australia—, o algunos en los que no existe la distinción entre masculino y femenino —el navajo, por ejemplo, distingue seres vivos, objetos redondos, objetos reunidos, recipientes rígidos con contenido, objetos compactos, objetos que se parecen al barro y masa.

Otro postulado se refiere a que, aunque pueda ser considerada el sistema modelizante primario,   la lengua mantiene sistemáticamente en múltiples conexiones con otros lenguajes culturales, estableciendo diálogos coextensivos al dinamismo de las culturas. Sin embargo, demasiado a menudo se intenta proyectar en estos diálogos fórmulas dogmáticas que pretenden justificar y reivindicar las propias posturas políticas e ideológicas, lo cual tiene muy poco de científico. Contraviniendo cualquier principio de estudio científico, se ha difundido la idea de que la lengua es una herencia más de otro lenguaje social, el del parentesco patrilineal o también llamado vulgarmente “patriarcado”. Adoptemos, con el fin de refutarla, una de las premisas fundamentales de esta postura, según la cual el patriarcado, como lenguaje que informa y organiza el sistema de parentesco de cada sociedad, es un factor determinante en la conformación de una supuesta categoría de lenguas “sexistas”. De tal precepto deberíamos poder inferir, y posteriormente confirmar mediante comparación, una necesaria correspondencia en la mayoría de los casos, al menos, entre géneros gramaticales y géneros naturales. Sin embargo, la ecuación “lengua sin géneros = lengua no sexista” que se deriva de la premisa anterior no tiene ningún refrendo científico, y, como prueba, baste con una rápida mirada al birmano, al turco, al japonés o al húngaro, todas ellas sin distinciones de género gramatical, tratándose, no obstante, de culturas estructuradas en linajes patriarcales.

Sin alargar en exceso la argumentación, creo que la mirada experta de la lingüística nos permitiría entender que la lengua es un conjunto virtual de formas flexibles y que, por mucho que algunos se empeñen en restringirla y legislarla férreamente, los intentos de homogeneizarla con el fin de moldear las conciencias y las ideologías presentes no podrán nunca limitar las posibilidades de dar expresión a la multiplicidad de formas de ver el mundo que conviven y hacen vivir a cada cultura. La lengua escapa, a raíz de su característico dinamismo histórico, de tales proyectos lingüísticos. Ya sea como combate o como diálogo, lo que nos muestran la lingüística y la semiótica es que las miradas deformantes de la política deberían estar al margen a la hora de definir el concepto lengua.

Permítaseme tomar prestadas unas palabras de un gran lingüista y semiólogo para cerrar esta breve reflexión: “De la lengua que hablamos hacemos usos infinitamente variados, cuya sola enumeración debiera ser coextensiva de una lista de las actividades a que puede entregarse el espíritu humano. En su diversidad, estos usos tienen, sin embargo, dos caracteres en común. Uno es que la realidad de la lengua permanece por regla general inconsciente, aparte del caso del estudio propiamente lingüístico, apenas tenemos conciencia débil y fugaz de las operaciones que realizamos al hablar. El otro es que, por abstractas o particulares que sean, las operaciones de pensamiento reciben expresión en la lengua. Podemos decir todo, y decirlo como queramos” (Émile Benveniste, “Categorías del pensamiento y categorías de la lengua”, en Problemas de lingüística general I, pp. 63-74).

Rayco González

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