Semiótica (e internet) en el tercer milenio, Umberto Eco

El pasado día 23 de marzo, el diario ABC publicó esta conferencia que Umberto Eco impartió en 1999 y que permanecía inédita.

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No tengo ideas muy claras sobre lo que puede ser la semiótica en el tercer milenio. No sabemos todavía si existirá la semiótica, ni siquiera si existirá el tercer milenio. La semiótica no es Nostradamus. Puedo decir algo sobre algunos estudios que he llevado a cabo acerca de internet y sobre lo que puede haber sido la semiótica en los últimos dos milenios, pero como el tercer milenio es posible que dure sólo los próximos dos o tres años [este texto fue redactado en 1999], quizás se pueda decir algo y en una clave particular. Yo creo que la semiótica, siempre, desde su aparición antes de que se llamase así, en cualquier caso una reflexión sobre los sistemas de signos, nació como respuesta a situaciones culturales muy concretas del momento. No podemos predecir cómo será la situación cultural en el mundo dentro de 500 años, pero sí tenemos capacidad suficiente para predecir cómo será en el plazo de dos o tres años.

Pensad sólo un momento, cuando ya con Parménides se empieza a reflexionar sobre la diferencia entre «sémata» y «onómata» y se cree que ellenguaje verbal no es un vehículo de conocimiento completamente seguro, y los signos tampoco lo son. Después con Aristóteles se empieza a distinguir entre «foné», la voz, y «rémata», nosotros lo llamaremos significado, la idea mental, y lo que se graba en el cerebro, el prágmata, las cosas. Esto ocurre en el mismo momento en que los griegos se dan cuenta de que existen los bárbaros, «homo barbaro», que son gente que habla de forma diferente a nosotros. Pero se dieron cuenta muy pronto -porque eran unos chicos bastante inteligentes- de que, aunque hablaban de forma diferente y no se les entendía, es más, parecían tartamudos -bárbaros viene de este balbucear ba, ba, ba… «incapaz de decir, de hablar»-, no eran incapaces de pensar o de indicar las cosas; sabían apañárselas muy bien. Después de esto, los griegos perdieron el interés por los bárbaros, pero la reflexión sobre el signo había nacido, porque hay una cultura que, en el mismo momento en que es consciente de sí misma y demasiado además, es también consciente de la existencia de los Otros, aunque esté dispuesta a hacerlos esclavos y a aniquilarlos; sabe que existen.

Fusión cultural

El segundo momento de la semiótica clásica llega con los historiadores, que no sólo profundizan en la mecánica interna del signo, «semainein«, «semainomenon», sino que profundizan también en los problemas gramaticales y parece que encuentran partes del discurso -ahora no me acuerdo cuáles- que los griegos no habían encontrado -porque los historiadores no eran griegos, sino fenicios-. Por tanto, es el primer caso de inmigración y fusión cultural en el que, viendo la lengua griega desde fuera, al ser bilingües, se empezaba a entender mejor el mecanismo. También esta vez se produce un desarrollo de la reflexión semiótica con la llegada de una determinada situación cultural.

Los romanos no aportan casi nada a la reflexión semiótica, excepto a nivel retórico un poco con Quintiliano, porque son radicales; creen que existen sólo ellos y que existe una sola lengua, que es el latín. Los americanos de a pie -no nuestros colegas universitarios- normalmente conocen las cosas en tanto en cuanto están traducidas al inglés. Hoy, si uno entra en internet, cree que Sófocles escribió en inglés.

Uno de mis deportes preferidos es visitar los escaparates de las librerías, de las «bookshops» americanas, porque en función de cómo colocan los libros se ve cuáles son las modas del momento en América. En los años sesenta colocaban juntos a Marx, Freud y Husserl bajo la etiqueta de «Continental Filosofy» y a veces se encontraban bajo la de Marxismo -porque Marxismo es igual a «Continental Filosofy»-. Después, poco a poco, se ha visto cómo este material era sustituido por otras semióticas como Cine, Películas y Feminismo -sí, en St. Mark «book-shop»-. Otras veces, catalogado durante bastante tiempo por Barnes & Nobel como «Post-structuralism» y últimamente como «Cultural Studies», un cajón de sastre donde encuentras «Lesbian, «Semiotics» y «Postmodern».

Una librería que siempre me ha llamado la atención en los últimos diez años es Harvard “bookshop”, que tiene una sección inmensa que se llama «Cognition»; allí encuentras psicología, inteligencia artificial, semiótica, lingüística… Es una selección muy interesante para diseñar un gran departamento, una gran «school» en torno a una cuestión común. Podría ser también un tema para los estudiosos de la semiótica el cómo empaquetamos las cosas cuando las miramos o cuando las decimos o pensamos. Se supone que diversas disciplinas están llamadas a cooperar. Yo, personalmente, veo la semiótica del tercer milenio, al menos la de los primeros años, como un departamento de este tipo.

Hemos abierto una página «web» de «L’Académie Universelle des Cultures» en París enfocada a la educación de los niños para la aceptación de la diferencia. Lo primero que estamos intentando hacer es no tomar el pelo a los niños, diciéndoles que todos los hombres son iguales. No, les decimos que en Francia existe la diferencia, que hay gente que come de forma diferente a ellos y que tiene un olor diferente al suyo. El problema es cómo aceptarlo, no fingir que huele igual. Me acuerdo de que la primera vez que fui a China, no conseguíamos sobrevivir a causa del tremendo olor a ajo que tenían todos. Después de estar una semana comiendo tal barbaridad de ajo que olíamos igual que los chinos conseguimos facilitar la comprensión intercultural.

Se había acentuado de forma perversa la idea de la «semiosis ilimitada», una idea fundamental de Peirce. Yo ya había escrito hace tiempo una crítica que toma la «semiosis ilimitada» de Peirce como una confirmación de su infinito deferal, como el hecho de que cada significante remite a otro significante, una interpretación infinita sin significado trascendental. Se está olvidando que, para Peirce, la «semiosis ilimitada» es una posibilidad continua y continuamente actual del universo semiósico en su conjunto, pero que para cada uno de nosotros se detiene continuamente a intervalos variables de «interpretante» a «interpretante», hasta la formación de un hábito, y un hábito es una capacidad para actuar sobre las cosas y transformarlas.

Basta, hay que apagar

La otra tarde -yo no sé qué buscaba en internet-, atraído por un «link» fascinante, fui a dar con un sitio donde encontré todos los textos del Concilio de Nicea, algunos en inglés -una de las tareas de la cultura será recordar que estaban escritos en griego-. Allí encontré un enlace muy interesante que me llevó a la «opera omnia» de Barbaro Emolao en latín con algunos errores de transcripción -algún que otro dativo por ablativo, ya se sabe, paciencia-. Y no sé a través de qué «link» misterioso di con la primera traducción al inglés del siglo XVII de la «Fama Fraternitatis», el manifiesto de la Rosacruz de Jean Valentin Andrea, y de allí, a través de otro «link», a una cantidad infinita de textos sobre el reino del Padre Gianni cuando estuvo en la India y después, como se cree, en Abisinia.

Seguí toda la noche hasta que empecé a quedarme dormido y dije «basta, hay que apagar». Podría haber continuado hasta el infinito, fascinado por este ilimitado «deferal» de significante a significante, y había olvidado completamente la razón por la que había entrado. Yo creo que el mundo virtual del que tanto se habla no es lo que creíamos al principio, que eran artificios de los teóricos que nos hacen creer que nos encontramos en un bosque, o que nos encontramos de verdad con Marilyn Monroe y hacemos el amor con ella. No creo que lleguemos nunca a este punto, excepto quizás algunos especialmente inclinados a la chance que lo podrían hacer también con una revista pornográfica.

La verdadera virtualidad no es aquella que funciona bien para algunas simulaciones de la «arquitectología» o la cirugía; la verdadera virtualidad es la posibilidad de que el hábito se pierda y la persecución de significante a significante se prolongue al infinito. Por tanto, quizás uno de los deberes morales de la semiótica en el próximo milenio será recordar que en este universo de persecución infinita de la «semiosis», de vez en cuando hay que frenar la «semiosis». La manera de hacerlo no depende por ahora de mí, pero propongo esta llamada a la esencia innegable de las cosas que nos rodean, como uno de los deberes morales de la semiótica del tercer milenio.

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