“Surrealismo kitsch”, Rogelio López Cuenca

Noticia extraída de elpais.com

El CAC de Málaga acoge la barroca retórica y el pueril ánimo transgresor del estadounidense Mark Ryden, autor del ‘urban art’ de culto

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El Centro de Arte Contemporáneo de Málaga ocupa el edifico del que fuera antiguo mercado de abastos. Esto parece ejercer una influencia determinante en su programación, que se diría regida por el criterio único de aquella tan mentada mano invisible. El centro, siendo público, ha estado, desde su inauguración, gestionado por una empresa privada, bajo cuya lógica los protagonistas de sus exposiciones han sido los objetos: obras de artistas en vogue, emergentes, resurgentes o resucitados artificialmente al calor del comercio. Un sensacionalismo que confunde valor y precio.

En los últimos años, el CAC se ha ido abriendo al variado fenómeno del urban art, una producción cultural muy del gusto de un nuevo tipo de consumidores, ajeno, cuando no hostil, a otras expresiones del arte contemporáneo, y marcada por la hipermercantilización de sus referencias estéticas: grafiti, tatuaje, tuneados… Una especie de street art de interiores que con soltura salta de las salas de arte al territorio del diseño o la publicidad y viceversa.

A un autor de culto en ese ámbito, Mark Ryden (Oregón, EE UU, 1963), dedica el CAC una retrospectiva, la primera individual del artista en Europa, que bajo el título de Cámara de las maravillas reúne pinturas y esculturas fechadas entre 1991 y 2016. La carrera de ilustrador de Ryden dio un giro en 1994, al verse publicada una obra suya en la cubierta de Juxtapoz, la biblia del Lowbrow, movimiento de arte urbano alternativo que, junto con su predilección por las manifestaciones típicas del underground (grafiti, cómic…), se distingue por su defensa encendida del oficio frente al intelectualismo al uso y la jerga críptica, tan autosatisfecha como a la vez sumisa a la voz de su amo (la precariedad y el pluriempleo ahorcan) de la crítica de arte, pero también por una fe excesivamente simple en el número de likes como medida de todas las cosas.

Procedente del mundo de la publicidad comercial, la de Ryden era ya una firma reconocida mundialmente tras haber realizado en 1991 la portada del disco Dangerous, de Michael Jackson. El cuadro original puede verse en esta exposición. Es la obra más antigua de la muestra, y en ella, como en una abarrotada almoneda, se advierten ya elementos recurrentes en su barroca retórica: alusiones al mundo del circo, los libros infantiles ilustrados de finales del XIX, la numerología, la astrología y otros ocultismos; ángeles y animales de todo pelaje, destacando un galgo afgano, con su capa de armiño y su corona, al modo del Napoleón de Ingres. Que no es la sola cita culta: hay además recortes de Botticelli y El Bosco. Y también está Macaulay Culkin.

Señalar que en un trabajo artístico se mezclen, con pueril ánimo transgresor, elementos procedentes de la alta y la baja cultura es decir, a estas alturas, más bien poco. La versión más común y epidérmica del arte posmoderno se caracteriza precisamente por su desinhibición al respecto: el mundo es un archivo indiscriminado de imágenes, un mercadillo inmenso en el que rebuscar y escoger a placer: cut and paste estampas religiosas, flora y fauna, juguetes y chacinas, peluches, dinosaurios, porcelanas o big eyed dolls. El catálogo todo del centro comercial.

Esa es la norma. De ahí el hincapié que, a fin de marcar una diferencia, hacen hagiógrafos y fans en el tiempo que tarda Ryden en terminar cada obra: seis meses para Dangerous.

En efecto, un rasgo distintivo de la obra de Ryden reside en que no solo desentierra del bazar del anticuario las imágenes, sino que, a su vez, rescata unos procedimientos y recetas que también son vintage, artificios largamente desdeñados por la práctica artística moderna y contemporánea, y que es lo que utiliza como pegamento: la excelencia técnica, el perito pincel y la disciplinada manufactura artesanal. Todo ello confiere un aura de bon ton que domestica cualquier posible estridencia entre las disparejas alusiones a esto o a lo otro, a los sueños freudianos, a los cuentos de hadas o a Dios y su madre.

Nos encontramos ante una de las cumbres de la peculiar programación de este centro: este popificado surrealismo no es sino un simulacro sobreazucarado de los experimentos de las viejas vanguardias de principios del XX. Poco hay de azar en la coreografía de escaparate de estos encuentros nada fortuitos entre paraguas y máquinas de coser. Un kitsch profesional operado con total precisión desde la torre de control, donde no hay lugar alguno para la sorpresa. Así, no es de extrañar que en la exposición se vea más gente haciéndose selfies con los cuadros que propiamente contemplándolos.

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