“Umberto Eco, o el valor de un clásico de la semiótica”, Rayco González

No se puede interpretar sin tener en cuenta el plano del contenido. No se puede comprender los contenidos de cualquier sema sin tener en cuenta el valor en el sentido fonológico. No se puede transmitir el valor de toda una obra sin tener en cuenta la posición que le corresponde respecto al conjunto de obras de su sistema. No podríamos entender la obra de Umberto Eco sin situarlo dentro de la semiótica, disciplina a la que dedicó toda su vida, y sin detenernos en un punto sin vértigo. Ahora que el fin hace más apremiante dar sentido a la creación de Umberto Eco, seguramente surgirán infinidad de biografías que pretenderán apropiarse de tal trabajo de interpretación. Quizás cabría hacernos la pregunta, como hiciera una vez mi maestro Jorge Lozano a propósito del presente, “¿cuánto durará el fin de Eco?”. Sin embargo, el fin atrae hacia sí un inicio, un principio, que no necesariamente es el biológico y que, en el caso de Eco, no queda más remedio que ubicarlo en el albor de su trabajo intelectual, inextricablemente unido a la historia misma de la semiótica.

Las biografías casi nunca logran explicar ni explorar los valores que para una cultura posee la obra de un autor. De la misma forma que no acudimos a las etimologías para entender el sentido en que una cultura entiende una palabra. Y creo no equivocarme al decir que nadie discutiría hoy que Umberto Eco es un clásico de la semiótica. Ya lo era en vida, gracias a una incansable mise en discours de su propia obra, debatiendo sus propias concepciones pasadas, incluso corrigiéndolas, creando todo un dispositivo que, llegados al fin, se compone de este tejido intertextual, un mundo propio en el que no podríamos excluir ni tan siquiera a sus novelas. Cada recóndita línea de su obra parece haber sido tejida con una sorda coherencia.

Desde este umbral que es el fin de una vida, obras como La estructura ausente (1968), Tratado de semiótica general (1975) y Kant y el ornitorrinco (1997), por ejemplo, aparecen trenzadas ordenadamente, sin pliegues ni rasgaduras, lo cual solo atendía a un propósito: la consolidación de la semiótica. Es más, el propio Eco actualizaba su obra mediante la discusión de sus propuestas previas y la culminación de otras. Si concibiéramos la semiótica como un sistema de formas, en sentido hjelmsleviano, de oposiciones y afinidades, donde la discusión de la obra de cualquier autor implica un espacio compartido de método y de conocimiento, entonces comprenderíamos que la diferencia, a fin de cuentas, es la que ha garantizado el intercambio, la circulación de todo un saber propio del autor.

Si en el Tratado de semiótica general, en el momento en que se consolidaba la disciplina, proponía “un proyecto de semiótica general” que incluyera tanto “una teoría de los códigos y una teoría de la producción sígnica”, más de veinte años más tarde, en Kant y el ornitorrinco ya podía percibir una señal de éxito y de salud en el hecho de que tamaña expansión de las investigaciones semióticas pudiera terminar por diseminarlas irremediablemente.

Tal fue una de sus preocupaciones principales. Y no solo lo reflejó en su obra ensayística (y novelística), sino que también lo hizo a través de gestos que, sin duda, encumbran aún más si cabe su figura. Solo puedo dar fe de uno de ellos, pero sé de numerosos otros que poseen el mismo valor. El hecho al que aludo fue su aceptación en 2013 del título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Burgos, donde imparto Semiótica y Semiótica de la cultura, justo el mismo año en que coordiné el XV Congreso de la Asociación Española de Semiótica, titulado significativamente “Semiótica e historia. Sentidos del tiempo”. Allí compartió muchos momentos con el Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura (nos apadrinó en 2008), algunos de cuyos miembros como Marcello Serra, Maria Albergamo, Oscar Gómez y nuestro director, Jorge Lozano estuvieron presentes. Numerosas fueron sus declaraciones de apoyo a este proyecto llamado semiótica, que era su proyecto, durante su visita a Burgos, hasta el punto que puede leerse en el vítor que conmemora tal aconticimiento: Signorum Scientae Magister (Maestro de las Ciencias de los Signos).

Su magisterio era ya (aún más tras su desaparición) un clásico, por su orden, por su disciplina, por su oportunidad y por su pertinencia. Quizás se podría objetar que tal magisterio está enmascarado en las formas proteicas de sus objetos de análisis, que abarcan desde los cómics de Charlie Brown, Superman, Steve Canyon hasta la literatura de vanguardia de James Joyce, la obra de Tomás de Aquino y la música dodecafónica, incluyendo también Alejandro Dumas y Victor Hugo, a lo que deberíamos añadir muchos etcéteras en muchos sentidos. Sin embargo, su magisterio reside en un lema que creo comparte toda la escuela semiótica y en el que reconozco también las enseñanzas de mis maestros Jorge Lozano, Paolo Fabbri y Maurizio del Ninno: eclecticismo en los objetos, unicidad del método.

Recordaba Eco que los laberintos pueden ser de tres tipos. El primero de ellos es el monocursal, propio de un mundo perfectamente geométrico, cuyo modelo clásico es el laberinto de Knosos, en cuyo centro habita el Minotauro y del hay reproducciones en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico. El segundo es el moderno laberinto-red, donde cualquier punto puede estar conectado con cualquier otro punto. Y, por último, el laberinto multicursal, en forma de árbol que se ramifica en sentidos diversos, mediante disyunciones progresivas. Quizás el futuro de la obra de Eco puede compararse a este último laberinto: sentidos y vías de interpretación de sus investigaciones permanecen todavía selladas, esperando abrirse camino.

Curiosamente uno de los literatos ante quien, junto a James Joyce, Eco más veces se reconoció en deuda, Jorge Luis Borges, se expresaba protosemióticamente en un pequeño ensayo titulado “Sobre los clásicos” (Otras inquisiciones, 1952), para explicar que no sirve de nada atender a la historia personalizada de autores o culturas, ni a la historia de las palabras, para entender el valor de un clásico:

Escasas disciplinas habrá de mayor interés que la etimología; ello se debe a las imprevisibles transformaciones del sentido primitivo a lo largo del tiempo. Dadas tales transformaciones, que pueden lindar con lo paradójico, de nada o de muy poco nos servirá para la aclaración de un concepto el origen de una palabra. Saber que cálculo, en latín, quiere decir piedrita y que los pitagóricos las usaron antes de la invención de los números, no nos permite dominar los arcanos del álgebra; saber que hipócrita era actor y persona, máscara, no es un instrumento valioso para el estudio de la ética. Parejamente, para fijar lo que hoy entendemos por clásico, es inútil que este adjetivo descienda del latín classis, flota, que luego tomaría el sentido de orden. (Recordemos de paso la formación análoga de ship-shape.)

 No creo equivocarme si, retomando y parafraseando otra parte de este artículo de Borges, defino la obra de Umberto Eco como un clásico de la semiótica por dos razones. La primera la constituye el hecho de que un amplio grupo de individuos, los semiólogos, llevan ya varias décadas observando y actualizando sus páginas mediante una profunda comprensión, “capaces de interpretaciones sin término”, aunque con límites, excavando en su semiosis ilimitada y coherente —uso el término ‘excavar’ en el sentido literal en el que Eco también la usara—: y continuará precisamente como aquel libro infinito (¿tal vez quiso decir semiosis ilimitada sin saberlo?) que imaginara el propio Borges. Y la segunda es que la constante actualización por parte de las postreras generaciones de semiólogos garantizará, al fin y al cabo, la futura y misteriosa lealtad con la que estoy seguro que será estudiado.

Eco nunca escribió biografía alguna. Aunque creo que suscribiría sin duda el ejercicio que el semiólogo Yuri M. Lotman, a quien prologó, realizara en sus No-Memorias, que son un recorrido intelectual y no una autobiografía al uso, en cuyas últimas páginas tomaba la imagen de la piel mudada de la serpiente para referirse al desarrollo de la disciplina semiótica. “Queda solo esperar”, decía, “que, al mudar la piel, la serpiente, cambiando de color y aumentando de tamaño, mantenga la unidad de sí misma”.

La obra de Eco se sostiene en ese trabajo de cambio de color y aumento de la semiosis, que será nuestro. Está en nuestra mano reinterpretar siempre desde el método. Porque en realidad habrá cosas de su obra que no se podrán decir.

Rayco González

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